Diálogo de doctrina cristiana
                  Juan de Valdés 

Dedicatoria

Muy ilustre señor D. Diego López Pacheco, marqués de Villena, duque de Escalona, conde de San Esteban, etc.

El autor.


Pasando un día, muy ilustre Señor, por una villa de estos Reinos, y sabiendo que por mandato del Señor de ella, y aún a su costa, enseñaban los curas en sus iglesias a los niños los principios y rudimentos de la Doctrina Cristiana -lo cual muchos días antes yo deseaba se hiciese- me fui a poner entre los niños de una iglesia, así con intención de saber allí alguna buena cosa que introducir en mi monasterio, como también para ver si habría algo en que yo, con mis letras y experiencia, pudiese ayudar y aumentar aquella buena obra y celestial ejercicio; y aunque el cura que enseñaba era idiota, y no estaba tan fundado en las cosas que decía como fuera menester, por ser la cosa de la calidad que era, yo me consolé y tomé recreación allí un buen rato. Como el cura hubo acabado, habiéndome visto entre sus niños, con hábito religioso, se vino para mí, deseando, según dijo, saber de mí qué me parecía de lo que le había oído decir. Yo, viendo su buena intención y pareciéndome que, aunque era idiota, era hábil y dócil; y viendo asimismo el provecho que de avisarle se podría seguir, después de haberle muy mucho alabado, como era razón, su bueno y santo ejercicio, y animándole a que le prosiguiese, y asimismo amonestase y aconsejase a otros hiciesen lo mismo, le rogué nos fuésemos entrambos juntos a comunicar este negocio con Don Fray Pedro de Alba, arzobispo de Granada, porque además de ser bien que con su autoridad, como de prelado, se hiciese una cosa verdaderamente cristiana y evangélica como ésta, él, como persona de letras sagradas y espíritu cristiano, nos podría largamente instruir, de donde él y yo no solamente iríamos edificados, para lo que a nosotros convenía, sino instruidos en aquellas cosas que para instruir a otros son necesarias.

Al cura pareció muy bien mi consejo; y así, sin más dilación, él dejó su casa e iglesia, y yo el camino donde iba (porque lo más es razón que prive a lo menos) y juntos nos fuimos a buscar al Señor Arzobispo, al cual, ordenándolo Dios así (según que suele ayudar y favorecer las buenas voluntades), hallamos en un Monasterio de su Orden, donde por librarse de la molestia de los negocios que la dignidad trae consigo, por algunos días se había retraído. De Su Señoría fuimos recibidos con mucho amor y caridad, así porque ésta era su costumbre, como también por ser yo algo su conocido, lo cual todo se le acrecentó. Mas cuando supo la causa de nuestra venida, después que nos levantamos de comer con él a su mesa, nos tomó por las manos, diciendo que quería estar con nosotros toda aquella tarde, y nos llevó a una huerta que en el Monasterio estaba; y sentados todos tres junto a una fuente -porque esto era por San Juan- nosotros abiertamente propusimos nuestra embajada; y Su Señoría muy largamente nos respondió y satisfizo, no solamente al cura, el cual estaba algo lejos de saber lo que convenía a los niños que adoctrinaba, sino también a mí, que a mi parecer lo sabía medianamente bien. Pues deseando yo que vuestra señoría a quien le placen tanto las cosas semejantes que jamás se cansa de leerlas, ni de platicarlas, supiese lo que allí pasamos, y asimismo lo supiesen todos los que tienen en esto el afecto que vuestra señoría, acordé de escribirlo todo, según se me acordó en esta breve escritura; y porque fuera cosa prolija y enojosa repetir muchas veces: «dijo el arzobispo», y «dijo el cura», y, «dije yo», determiné de ponerlo de manera que cada uno hable por sí, de suerte que sea diálogo más que tratado; y también porque el que lo leyere, cuando oiga que habla el arzobispo, esté atento a oír las palabras graves, pías y eruditas de aquel excelente varón, pues a él piense, vuestra señoría, que oye y no a mí.
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