LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACION

por Arthur W. Pink

Traducido del inglés por Julio José Ybarra
Copyright 2000 de esta traducción Julio José Ybarra
Amparado por las leyes de Copyright internacional

* La doctrina de la justificación

        PARTE I (aquí)
o Prefacio del traductor
o 1. Introducción
o 2. Su Significado
o 3. Su problema
o 4. Su fundamento


Prefacio del traductor

  Nos sentimos muy gozosos y agradecidos al Señor por poder contar con este excelente texto de Arthur Pink dedicado enteramente al gran tema de nuestra justificación por la fe en Cristo. Creemos que esta obra puede tener un muy positivo efecto para aclarar en profundidad a todo el que la lea, acerca de esta verdad esencial que es el fundamento de nuestra relación con Dios y el único plan que Él estableció para darnos la Vida Eterna.
  Diremos brevemente en cuanto al estilo de la traducción que procuramos que el lenguaje fuera accesible a la mayor cantidad de gente, respetando siempre y lo más posible el sentido y la forma empleados por el autor. En cuanto a las citas bíblicas usamos mayormente la versión Reina-Valera 1909, y algunas veces la versión Reina-Valera 1960 o traducimos directamente según la cita en inglés. Agregamos nuestras aclaraciones poniéndolas entre corchetes [...] tanto para ciertas palabras más técnicas o teológicas o simplemente para aclarar palabras de uso poco común. También agregamos entre corchetes lo que creemos indispensable corregir, especialmente los conceptos calvinistas del autor que no compartimos, acerca del llamamiento eficaz o de la gracia irresistible y el del sacrificio de Cristo sólo realizado por los que habrían de ser salvos. Los mismos cuidados deben ser tenidos con respecto a muchas de las obras y autores que son citados en este tratado. Creemos que lo que de este libro podemos aprender es muchísimo más que lo que debemos descartar, y aún lo que debemos descartar, siendo debidamente advertidos de ello, nos sirve para identificar esos errores de los que debemos guardarnos.
  Resumiendo ahora el contenido del libro encontramos primeramente una introducción en la cual se resalta la importancia central de esta doctrina de la justificación en la historia cercana y en todos los tiempos, en el capítulo dos se define lo que es la justificación en el tercero se expresa el problema de como el Dios justo y perfecto puede considerar justo al injusto o inocente al culpable en el siguiente capítulo se presenta la solución a este problema en la persona de Cristo para explicar a continuación la realidad del glorioso intercambio que Dios hace entre Cristo y los pecadores. En el capítulo seis se presenta a la bendita gracia divina como el favor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte, como la única fuente de nuestra justificación. En el capítulo siete se trata con el objeto de la justificación, considerando la condición delante de Dios de aquellos a quienes ella se aplica: el pecador, el impío. El capítulo siguiente presenta a la fe como el instrumento por el cual nos apropiamos de la justicia de Cristo y se descartan las ideas que la presentan como una especie de obra que en sí misma pueda justificarnos o el inicio de una serie de obras para agradar a Dios. En el capítulo nueve se analiza la relación entre la fe y las obras a partir de los errores de interpretación del famoso pasaje de Santiago capítulo 2. Y por último se hace una reseña de las grandes bendiciones que el creyente posee como el resultado de haber sido justificado.
  La obra ahonda en la explicación de diversos aspectos de la doctrina de la justificación. Tal vez en cierto momento pueda resultar para el lector un tanto teológica pero creemos que por el estilo preciso del autor, los detalles lejos del confundir ayudan a reflexionar desde nuevos puntos de vista que nos permiten fijar mejor en nuestras mentes y corazones las importantes verdades que implica esta gran doctrina de la justificación por la fe en Cristo. Es posible que un cristiano pueda serlo y no obstante no saber explicar acabadamente el fundamento de su salvación; pero es muy deseable que él pueda ser diligentemente instruído acerca de esta cuestión esencial tanto para su propio crecimiento espiritual como para la obra de expansión de la verdad, en tiempos de mucha confusión doctrinal y de falso ecumenismo.
  La palabra de Dios expresa por medio del apóstol Pedro que el apóstol Pablo escribió alguna cosas "difíciles de entender" y nos alienta a no desviarnos de lo que éste nos transmitió (2 Pedro 3:16). Probablemente la doctrina de la justificación sea la enseñanza central de Pablo y de toda la Sagrada Escritura y a la vez la más malinterpretada por mayor cantidad de gente aunque es verdaderamente el corazón del evangelio de Jesucristo, por eso esperamos que la exposición de este libro contribuya a la comprensión de este tema por parte de todos los que puedan leerlo. Confiamos que el Señor en su gracia es poderoso para hacerlo claro a nuestro entendimiento, y esto además podemos pedirle orando para que Él nos revele plenamente la gloria y el favor que sólo vienen por nuestro Señor Jesucristo "en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento" (Col. 2:3).
  Deseamos fervientemente que este estudio pueda afirmarle en la certeza de que Cristo es su perfecto Salvador que el realizó el pago total de nuestros pecados y que Él nos otorga Su justicia como un precioso regalo al que no podemos agregarle nada y que usted lo recibe gustosamente en un acto único y definitivo de fe salvadora. ¡Dios sea bendito!
  "La gracia del Señor nuestro Jesucristo sea con todos vosotros. Amén. Al sólo Dios sabio, sea gloria por Jesucristo para siempre. Amén." (Rom. 16:24, 27).

El traductor

1. Introducción

  Nuestro primer pensamiento fue dedicar un capítulo introductorio exponiendo los principales errores que se han generado sobre este tema por parte de distintos hombres y grupos, pero después de un mayor reflexión decidimos que esto sería de poco o de ningún provecho a la mayoría de nuestros lectores. Mientras que hay tiempos, sin duda, en los cuales es el desagradable deber de los siervos de Dios exponer lo que está pensado para engañar y para dañar a Su pueblo, no obstante, como una regla general, la manera más eficaz de eliminar las tinieblas es dejar entrar la luz. Deseamos, entonces, escribir estos artículos con el mismo espíritu del piadoso John Owen, quien, en la introducción a su extenso tratado sobre este tema dijo, "Debe darse más importancia a la continua guía de la mente y la conciencia de un creyente, verdaderamente entrenado acerca del fundamento de su paz y aceptación ante Dios, que a la contradicción de una decena de agresivos opositores... Afirmar y reivindicar la verdad en la instrucción y la edificación de los que la aman en sinceridad, librar sus mentes de aquellas dificultades sobre este caso particular, que algunos intentan arrojar sobre todos los misterios del evangelio, dirigir las conciencias de aquellos que quieren saber acerca de alcanzar la paz con Dios, y establecer las mentes de los que creen, son las cosas a las que he apuntado."
  Hubo un tiempo, no hace mucho, cuando la bendita verdad de la justificación era una de las más conocidas doctrinas de la fe cristiana, cuando ella era asiduamente explicada por los predicadores, y cuando el conjunto de los asistentes de las iglesias estaba familiarizado con sus aspectos principales. Pero ahora, ¡ay!, ha surgido una generación que es casi totalmente ignorante de este precioso tema, porque con muy raras excepciones ya no se le da más un lugar en el púlpito, y apenas se escribe algo sobre éste en las revistas religiosas de nuestro día; y, en consecuencia, comparativamente, pocos entienden lo que el término en sí implica, menos aún se tiene en claro sobre que base Dios justifica al impío. Esto pone al escritor en una considerable desventaja, porque mientras él desea evitar un tratamiento superficial de un asunto tan vital, incluso profundizar en éste, y entrar en los detalles, hará una importante contribución por causa de la mentalidad y paciencia de la persona promedio. No obstante, respetuosamente instamos a cada cristiano a hacer un esfuerzo real para ceñir los lomos de su entendimiento [(1 Pedro 1:13) es una figura tomada de la forma de vestirse de los israelitas durante la pascua, con la ropa larga exterior atada al cinturón como listos para partir es decir que significa estar dispuesto y atento] y buscar en oración dominar estos capítulos.
  Lo que hará más difícil para seguirnos a través de estas series es el hecho de que estamos tratando el lado doctrinal de la verdad, antes que el práctico; el judicial, antes que el experimental. No que la doctrina sea algo impracticable; de ningún modo; lejos, lejos de ello. "Toda Escritura es inspirada divinamente y útil (primero) para enseñar, (y luego) para redargüir [o reprender], para corregir, para instituir en justicia" (2 Tim. 3:16). La instrucción doctrinal fue siempre la base desde la cual los apóstoles promulgaron los preceptos para regular el modo de andar. No puede encontrarse exhortación alguna hasta el capítulo 6 de la Epístola a los Romanos: los primeros cinco están dedicados enteramente a la exposición doctrinal. Así también en la Epístola a los Efesios: recién en 4:1 es dada la primer exhortación. Primero los santos son recordados de las abundantes riquezas de la gracia de Dios, para que el amor de Cristo pueda impulsarles, y luego son urgidos a andar como es digno de la vocación con que fueron llamados.
  Aunque es verdad que se requiere un esfuerzo mental real (así como un corazón piadoso) para poder captar inteligentemente algunas de las más sutiles distinciones que son esenciales para una apropiada comprensión de esta doctrina, sin embargo, debe señalarse que la verdad de la justificación está lejos de ser una mera pieza de especulación abstracta. No, ella es una enunciación de un hecho divinamente revelado; ella es una enunciación de un hecho en el cual cada miembro de nuestra raza humana debería estar profundamente interesado. Cada uno de nosotros ha perdido el favor de Dios, y cada uno de nosotros necesita recuperar Su favor. Si no lo recuperamos, entonces las consecuencias deben ser nuestra absoluta ruina y la irremediable perdición. Como seres caídos, como rebeldes culpables, como pecadores perdidos, somos restaurados en el favor de Dios, y se nos da una posición delante de Él inestimablemente superior a la que ocupan los santos ángeles, (Dios mediante) nuestra atención será atraída a medida que prosigamos con nuestro tema.
  Como dijo Abram Booth en su espléndido trabajo "El reino de la gracia" (escrito en 1768), "Lejos de ser un punto solamente teórico, éste propaga su influencia a través del conjunto entero de la teología, fluye a través de toda la experiencia cristiana, y opera en cada parte de santidad práctica. Tal es su gran importancia, que un error acerca de éste tiene una eficacia maligna, y es acompañado con una serie de peligrosas consecuencias. Ni puede esto parecer extraño, cuando se considera que esta doctrina de la justificación no es otra que la manera para que un pecador sea aceptado por Dios. Siendo de tan especial importancia, ella está inseparablemente conectada con muchas otras verdades evangélicas, de las cuales no podremos contemplar la armonía y belleza, mientras ésta sea mal comprendida. Hasta que esta doctrina aparezca en su gloria, esas verdades estarán en la oscuridad. Ésta es, si así pudiera ser llamada, un artículo fundamental; y ciertamente requiere nuestra más seria consideración" (de su capítulo sobre "La justificación").
  La gran importancia de la doctrina de la justificación fue sublimemente expresada por el puritano holandés, Witsius, cuando dijo, "Ella ayuda mucho a revelar la gloria de Dios, cuyas más destacadas perfecciones resplandecen con un brillo sobresaliente con esta doctrina. Ésta manifiesta la infinita bondad de Dios, por la cual Él estuvo predispuesto a proveer la salvación gratuitamente para el perdido y miserable hombre, 'para alabanza de la gloria de Su gracia' (Ef. 1:6). Ésta muestra también la más estricta justicia, por la cual Él no pasaría por alto ni la más pequeña ofensa, excepto con la condición del compromiso adecuado, o la plena satisfacción [la reparación o el pago] del Mediador, 'para que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús' (Rom. 3:26). Esta doctrina muestra además la inescrutable sabiduría de la divinidad, la cual descubrió una manera para ejercer el más benevolente acto de misericordia, sin mella a Su más absoluta justicia y a Su verdad infalible, que amenazaban de muerte al pecador: la justicia demandaba que el alma que pecaba debía morir (Rom. 1:32). La verdad ha pronunciado las maldiciones por no obedecer al Señor (Deut. 28:15-68). La bondad, al mismo tiempo, fue inclinada a decretar la vida a algunos pecadores, pero de ninguna otra forma que la que era propia de la majestad del Dios más santo. Aquí la sabiduría interviene, diciendo, 'Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados' (Isa. 43:25). Ni la justicia de Dios ni Su verdad tendrán alguna causa de reclamo porque la paga completa será hecha para usted por un mediador. Por lo tanto la increíble benevolencia del señor Jesús resplandece, quien, aunque Señor de todo, estuvo sujeto a la ley, no para la obediencia de ella solamente, sino también para la maldición: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él." (2 Cor. 5:21).
  ¿No debería el alma piadosa, que está profundamente comprometida en la ferviente meditación de estas cosas, encenderse en las alabanzas a un Dios que justifica, y cantar con la iglesia?: "¿Qué Dios como tú, que perdonas la maldad, y olvidas el pecado?" (Miqueas 7:18). ¡Oh la pureza de esa santidad que prefiere castigar los pecados del escogido en Su Hijo unigénito, antes que soportar dejarlos impunes! ¡Oh la profundidad de Su amor para con el mundo, para el cual Él no escatimó a Su entrañable Hijo, a fin de rescatar a pecadores! ¡Oh la profundidad de las riquezas de insondable sabiduría, por la cual Él provee su misericordia hacia el culpable arrepentido, sin mancha alguna al honor del Juez más imparcial! ¡Oh los tesoros de amor en Cristo, por el cual Él se hizo maldición por nosotros, a fin de librarnos de ésta! Cuan propio del alma justificada, que está presta a fusionarse en el sentimiento de este amor, con pleno júbilo es cantar un cántico nuevo, un cántico de mutuo retorno de amor al Dios que justifica.
  Tan importante consideraba el apóstol Pablo a esta doctrina, bajo la guía del Espíritu Santo, que la más sobresalientes de sus epístolas en el Nuevo Testamento está dedicada a una completa exposición de ella. El eje sobre el que gira todo el contenido de la Epístola a los Romanos es aquella notable expresión: "la justicia de Dios" –comparada a la cual no hay nada de mayor importancia que pueda ser encontrado en todas las páginas de las Sagradas Escrituras, y es necesario que cada cristiano haga el máximo esfuerzo para entenderla claramente. Ésta es una expresión abstracta [un concepto o idea] que significa la satisfacción [o el pago] de Cristo en su relación a la Ley Divina. Es un nombre descriptivo para la causa sustancial de la aceptación del pecador delante de Dios. "La justicia de Dios" es una frase referida al trabajo terminado del Mediador como aprobado por el tribunal divino, siendo la causa meritoria de nuestra aceptación delante del trono del Altísimo.
  En los siguientes capítulos (Dios mediante) examinaremos en más detalle esta vital expresión "la justicia de Dios," que da a entender esa perfecta compensación que el Redentor ofreció a la justicia divina en beneficio y en lugar de aquel pueblo que le ha sido dado. Por ahora, sea suficiente decir que esa "justicia" por la cual el pecador creyente es justificado es llamada "la justicia de Dios" (Rom. 1:17; 3:21) porque Él es el encargado, aprobador, y dador de ella. Ella es llamada "la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo" (2 Pedro 1:1) porque Él la consumó y presentó delante de Dios. Ella es llamada "la justicia de la fe" (Rom. 4:13) porque la fe es la que la aprehende y la que la recibe. Ella es llamada "justicia del hombre" (Job 33:26) porque ella fue pagada para él e imputada [o atribuida] a él. Todas estas variadas expresiones se refieren a muchos aspectos de aquella perfecta obediencia hasta la muerte que el Salvador efectuó en favor de Su pueblo.
  Sí, el apóstol Pablo, bajo la guía del Espíritu Santo, estimaba a esta doctrina como algo tan vital, que él presenta extensamente como la negación y tergiversación de ella por parte de los judíos fue la causa principal por la cual ellos fueron desaprobados por Dios: ver los versículos finales de Romanos 9 y el comienzo del capítulo 10. De nuevo, a lo largo de toda la Epístola a los Gálatas, encontramos al apóstol empeñado en la más vigorosa defensa y contendiendo con gran celo con aquellos que habían atacado esta verdad básica. Allí él habla de la enseñanza opuesta como destructiva y mortífera para las almas de los hombres, como una agresión a la cruz de Cristo [es decir su sacrificio], y llama a esa enseñanza otro evangelio, declarando solemnemente "aún si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio... sea anatema [maldito] (Gál. 1:8). Que pena, que bajo la amplia libertad y bajo la falsa "caridad" de nuestros tiempos, hay ahora tan poco santo aborrecimiento de esa prédica que rechaza la obediencia substituta de Cristo que es imputada [o atribuida] al que cree.
  Mediante Dios, la predicación de esta gran verdad causó el mayor avivamiento que la causa de Cristo ha gozado desde los días de los apóstoles. "Ésta fue la grandiosa, fundamental y distintiva doctrina de la Reforma, y fue estimada por todos los reformadores como de primaria y suprema importancia. La principal acusación que ellos sostenían en contra de la Iglesia de Roma fue que ella había corrompido y pervertido la doctrina de las Escrituras sobre esta cuestión en una forma que era peligroso para las almas de los hombres; y fue principalmente por la exposición, el estricto apego, y la aplicación de la verdadera doctrina de la palabra de Dios respecto a esto, que ellos atacaron y trastornaron las principales doctrinas y prácticas del sistema papal. No hay asunto que posea una importancia más intrínseca que el que se relaciona con éste, y no hay otro con respecto al cual los reformadores estuvieron más completamente de acuerdo en sus convicciones" (W. Cunningham).
  Esta bendita doctrina provee el gran tónico divino para reanimar a uno cuya alma está abatida y cuya conciencia está intranquila por un profundo sentimiento de pecado y culpa, y desea conocer el camino y los medios por los cuales podría obtener la aceptación para con Dios y el derecho a la herencia celestial. Para uno que está profundamente convencido de que ha sido toda su vida un rebelde contra Dios, un constante transgresor de Su Santa Ley, y que comprende que está con justicia bajo la condenación e ira de Dios, ninguna búsqueda puede ser de tan profundo interés y apremiante importancia como aquella que se relaciona con los medios para recuperar el favor divino, el perdón de sus pecados, y el hacerle apto para permanecer confiado en la presencia divina: hasta que este punto vital haya sido aclarado para saciar su corazón, toda otra información religiosa será totalmente inútil.
  "Las demostraciones de la existencia de Dios sólo servirán para confirmar y grabar más profundamente sobre su mente la terrible verdad que él ya cree, que hay un Juez justo, delante del cual debe comparecer, y por cuya sentencia será establecida su condena final. Explicarle la ley moral, e inculcarle las obligaciones a obedecer, obrará como un acusador público, cuando éste cita las leyes de la región a fin de mostrar que los cargos que ha traído contra el criminal en la corte están bien establecidos, y, en consecuencia, que él es digno de castigo. Cuanto más fuertes son los argumentos por los cuales usted hace evidente la inmortalidad del alma, más claramente prueba que su castigo no será temporario, y que hay otro estado de existencia, en el cual él será totalmente recompensado de acuerdo a su merecimiento" (J. Dick).
  Cuando Dios mismo llega a ser una realidad viviente al alma, cuando Su majestuosidad temible, Su santidad inefable, Su justicia inflexible, y Su autoridad soberana, son realmente percibidas, aunque muy inadecuadamente, la indiferencia a Sus demandas ahora da lugar a una seria preocupación. Cuando hay un adecuado sentido de la magnitud de nuestra separación con Dios, de la depravación de nuestra naturaleza, del poder y vileza del pecado, de la espiritualidad y severidad de la ley, y de las eternas llamas que esperan a los enemigos de Dios, las almas despertadas gritan, "¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios altísimo? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré a mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?" (Miqueas 6:6, 7). Entonces la pobre alma exclama, "¿Cómo pues se justificará el hombre con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?" (Job 25:4). Y es en la bendita doctrina que está ahora por ser puesta ante nosotros en donde se nos explica el método por el cual un pecador puede obtener paz con su Hacedor y emerger a la posesión de la vida eterna.
  También; esta doctrina es de inestimable valor para el cristiano con una conciencia despierta quien cada día gime por sentir su intrínseca corrupción y las innumerables fallas comparándose con el estándar [o la norma de vida perfecta] que Dios a puesto ante él. El Maligno, que es "el acusador de nuestros hermanos" (Apoc. 12:10), frecuentemente acusa con hipocresía al creyente ante Dios, inquieta su conciencia, y pretende convencerle que su fe y su piedad son nada más que una máscara y una apariencia para el exterior, por las cuales él no solo engaña a otros, sino también a sí mismo. Pero, gracias a Dios, Satán puede ser vencido por "la sangre del Cordero" (Apoc. 12:11): mirando lejos del incurablemente corrupto yo, y contemplando al Fiador [así se lo llama a Jesús en Hebreos 7:22, el fiador es el que se compromete a responder por las deudas que otro no puede pagar, es sinónimo de garante], que ha respondido plenamente por cada falla del cristiano, ha expiado [pagado] perfectamente por cada pecado de éste, y le ha proporcionado una "justicia eterna" (Dan. 9:24), que fue puesta en su cuenta en la elevada corte celestial. Y de este modo, aunque gimiendo por sus flaquezas, el creyente puede poseer una confianza victoriosa que lo eleva sobre todo temor.
  Esto fue lo que trajo paz y regocijo al corazón del apóstol Pablo: porque mientras que en un instante exclamó, "¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?" (Rom. 7:24), a continuación declaró, "Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Rom. 8:1). A lo cual añadió, "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? (vers. 33-35). Pueda el Dios de toda gracia dirigir nuestra pluma y bendecir lo que escribimos para los lectores, que no pocos de los que están ahora en las sombrías prisiones del Castillo de la Duda, puedan ser conducidos dentro de la gloriosa luz y libertad de la plena certeza de fe.

2. Su significado

  Ser librados de la sentencia de condenación de la Ley Divina es la bendición fundamental de la salvación de Dios: mientras continuamos bajo la maldición, no podemos ser ni santos ni felices. Pero en cuanto a la naturaleza precisa de esta liberación, en que exactamente consiste, sobre que fundamento es obtenida, y por que medios es asegurada, existe en la actualidad mucha confusión. La mayoría de los errores que se han generalizado sobre este tema surgieron de la falta de una clara observación del asunto en sí mismo, y hasta que entendamos verdaderamente lo que la justificación es, no estamos en posición ni de afirmar ni de negar algo con respecto a ella. Por ello estimamos necesario dedicar un capítulo entero a una cuidadosa definición y explicación de esta palabra "justificación", esforzándonos en mostrar lo que ella significa, y lo que ella no significa.
  Entre los protestantes y los romanistas hay una amplia diferencia de opinión acerca del significado del término "justificar": ellos afirman que justificar es hacer intrínsecamente justo y santo, nosotros insistimos en que justificar significa solamente pronunciar formalmente o declarar legalmente justo. El papismo incluye con la justificación la renovación de la naturaleza moral del hombre o la liberación de la corrupción, así confunden la justificación con la regeneración y la santificación. Contrariamente, todos los protestantes representativos han mostrado que la justificación no se refiere a un cambio de tipo moral, sino a un cambio de estado legal; aunque reconociendo, ciertamente, declarando con firmeza, que un cambio radical de carácter invariablemente acompaña a la justificación. Es un cambio legal desde un estado de culpabilidad y condenación a un estado de perdón y aceptación; y este cambio es debido exclusivamente a un acto gracioso [es decir de la gracia] de Dios, basado sobre la justicia de Cristo siendo imputada a Su pueblo (no teniendo ellos ninguna propia).
  "Nosotros explicamos a la justificación simplemente como una aceptación por la cual Dios nos recibe en Su favor y nos estima como personas justas; y decimos que ella consiste en la remisión [o perdón] de los pecados y la imputación de la justicia de Cristo... La justificación, por lo tanto, no es otra cosa que una absolución de culpabilidad de aquel que fue acusado, como si su inocencia hubiese sido probada. Ya que Dios, por lo tanto, nos justifica por la mediación de Cristo, Él nos exculpa, no por un reconocimiento de nuestra inocencia personal, sino por una imputación de justicia; de manera que, quienes somos injustos en nosotros mismos, somos considerados como justos en Cristo" (Juan Calvino, 1559).
  "Qué es la justificación? Respuesta: la justificación es un acto de Dios de libre gracia hacia los pecadores, en el cual Él perdona todos sus pecados, acepta y considera justa a sus personas delante de Sus ojos; no por alguna cosa producida en ellos, o hecha por ellos, sino solamente por la perfecta obediencia y la completa satisfacción [el pago o la reparación] de Cristo, imputadas por Dios a ellos, y recibidas por la fe sola" (Catecismo de Westminster, 1643).
  "Así definimos la justificación de un pecador conforme al Evangelio: Es un judicial, pero gracioso acto de Dios, por el cual el pecador escogido y creyente es absuelto de la culpa de sus pecados, y adquiere un derecho a la vida eterna concedido a él, a causa de la obediencia de Cristo, recibida por fe" (H. Witsius, 1693).
  "Se dice que una persona es justificada cuando ella es considerada por Dios como libre de la culpa del pecado y su merecido castigo; y como teniendo aquella justicia perteneciéndole eso le da derecho a la recompensa de la vida" (Jonathan Edwards, 1750).
  La justificación, entonces, no se refiere a algún cambio subjetivo producido en la actitud de una persona, sino que es exclusivamente un cambio objetivo en su posición en relación a la ley. Que la justificación es imposible que pueda significar hacer a una persona justa o buena intrínsecamente [por lo que es por sí misma] es más claramente visto a partir del uso del término en sí en la Escritura. Por ejemplo, en Proverbios 17:15 leemos, "El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová": ahora bien obviamente quien cambia a un "impío" haciéndolo una persona justa está lejos de ser una "abominación a Jehová," pero el que a sabiendas dice que una persona impía es justa es aborrecible a Él.
  También; en Lucas 7:29 leemos, "Y todo el pueblo oyéndole, y los publicanos, justificaron a Dios": cuan imposible es hacer que las palabras "justificaron a Dios" signifique alguna transformación moral de Su carácter; pero aquellas palabras deben ser entendidas como que ellos declararon que Él es justo, y toda ambigüedad es quitada. Una vez más, en 1 Timoteo 3:16 se nos dice que el Hijo encarnado fue "justificado en (o "por") el Espíritu": es decir, Él fue públicamente reivindicado en Su resurrección, declarado inocente ante las denuncias blasfemas con que los judíos le acusaron.
  La justificación trata solamente del aspecto legal de la salvación. Es un término judicial, una palabra de los tribunales de justicia. Es la sentencia de un juez sobre una persona que ha sido traída delante de él para ser juzgada. Es aquel acto de la gracia de Dios como Juez, en la elevada corte del cielo, por el cual Él dictamina que un pecador escogido y creyente es libertado de la penalidad de la ley, y totalmente restaurado al favor divino. Es la declaración de Dios de que la parte acusada está totalmente de acuerdo a la ley; la justicia lo exculpa porque la justicia ha sido satisfecha. Así, la justificación es aquel cambio de estado por el cual uno, que siendo culpable delante de Dios, y por lo tanto bajo la sentencia condenatoria de Su Ley, y merecedor de nada excepto de un eterno apartamiento de Su presencia, es recibido en su favor y se le da un derecho a todas las bendiciones que Cristo ha adquirido para Su pueblo, por Su perfecta satisfacción [reparación o pago].
  En demostración de la definición dada, el significado del término "justificar" puede ser determinado, primero, por su uso en las Escrituras. "Entonces dijo Judá: ¿Qué diremos a mi señor? ¿qué hablaremos? ¿o con qué nos justificaremos? " (esta palabra hebrea "tsadag" siempre significa "justificar") (Gén. 44:16). Aquí tenemos un asunto que era enteramente judicial. Judá y sus hermanos fueron llevados para comparecer delante del gobernador de Egipto, y estaban preocupados sobre como podrían obtener una sentencia en su favor. "Si hubiere pleito entre algunos, y acudieren al tribunal para que los jueces los juzguen; éstos absolverán [o justificarán] al justo y condenarán al culpable" (Deut. 25:1). Aquí nuevamente vemos claramente que el término es de tipo legal, usado en conexión con los procedimientos de los tribunales legales, implicando un proceso de investigación y juicio. Dios puso aquí una regla para regir a los jueces en Israel: ellos no debían "justificar" o dictar una sentencia en favor del culpable: comparar 1 Reyes 8:31, 32.
  "Si yo me justificare, me condenará mi boca; si me dijere perfecto, esto me hará inicuo" (Job 9:20): la primer parte de esta frase es explicada en la segunda –"justificar" allí no puede significar hacer santo, sino pronunciar una sentencia en mi propio favor. "Entonces Eliú... se enojó con furor contra Job... por cuanto justificaba su vida más que a Dios" (Job 32:2), lo que obviamente significa, por cuanto él se declaraba sin culpa a sí mismo más que a Dios. "Porque seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio" (Sal 51:4), lo que significa que Dios actuando en Su función judicial, podría ser declarado justo en dictar sentencia. "Mas la sabiduría es justificada por sus hijos" (Mat. 11:19), lo que significa que los que son realmente regenerados por Dios han considerado la sabiduría de Dios (que los escribas y fariseos consideraban necedad) ser, como realmente es, perfecta sabiduría: ellos le quitaron la calumnia de ser locura.
  2. La fuerza precisa del término "justificar" puede ser determinada notando que éste es la antítesis de "condenar." Ahora bien, condenar no es un proceso por el cual un buen hombre es hecho malo, sino que es la sentencia de un juez sobre uno porque es un transgresor de la ley. "El que justifica al impío, y el que condena al justo, ambos son igualmente abominación a Jehová" (Prov. 17:15 y ver también Deut. 25:1). "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado" (Mat. 12:37). "Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?" (Rom. 8:33, 34). Ahora es innegable que la "condenación" es el dictado de una sentencia contra una persona para la cual la pena establecida por la ley le es asignada y es preparada para ser aplicada sobre ella; por consiguiente la justificación es el dictado de una sentencia en favor de una persona, por la cual la recompensa establecida por la ley es preparada para serle otorgada.
  3. Que la justificación no es un cambio experimental desde la pecaminosidad a la santidad, sino un cambio judicial desde la culpabilidad a la no condenación puede ser evidenciado por los términos equivalentes utilizados. Por ejemplo, en Romanos 4:6 leemos, "Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras": así que la "justicia" legal no es una conducta implantada en el corazón, sino un regalo cedido a nuestra cuenta. En Romanos 5:9, 10 ser "justificados por la sangre de Cristo" es lo mismo que ser "reconciliados por Su muerte," y la reconciliación no es una transformación de carácter, sino el obtener la paz por la remoción de todo lo que causa ofensa.
  4. A partir del hecho de que el aspecto judicial de nuestra salvación es propuesto en las Escrituras bajo las figuras de un juicio en un tribunal de justicia y una sentencia. "(1) Se supone un juicio, sobre el cual el salmista implora que este no se desarrolle de acuerdo con la ley: Salmo 143:2. (2) El Juez es Dios mismo: Isaías 50:7, 8. (3) El tribunal donde Dios está sentado para el juicio es el trono de la gracia: Hebreos 4:16. (4) Una persona culpable. Ella es el pecador, quien es tan culpable de pecado como para ser abominable ante el juicio de Dios: Romanos 3:18. (5) Los acusadores están listos para plantear e impulsar las acusaciones contra la persona culpable; éstos son la ley (Juan 5:45), la conciencia (Rom. 2:15), y Satanás: Zacarías 3:2, Apocalipsis 12:10. (6) La acusación es admitida y redactada en un 'acta' en forma de ley, y es puesta para el veredicto del infractor delante del tribunal del Juez, en la baranda que está alrededor de Él: Colosenses 2:14. (7) Se prepara una defensa en el Evangelio en favor de la persona culpable: esta es la gracia, a través de la sangre de Cristo, el rescate pagado, la eterna justicia traída por el Fiador [o Garante] del pacto: Romanos 3:23, 25, Daniel 9:24. (8) A Él solo acude el pecador, renunciando a toda otra disculpa o defensa cualquiera sean: Salmos 130:2, 3; Lucas 18:13. (9) Para hacer eficaz esta súplica tenemos un abogado con el Padre, y Él presenta Su propia propiciación [lo que nos hace propicios o aceptos ante Dios] por nosotros: 1 Juan 2:1, 2. (10) La sentencia acerca de esto es la absolución, a causa del sacrificio y la justicia de Cristo; con la aceptación en el favor, como personas aprobadas por Dios: Romanos 8:33, 34; 2 Corintios 5:21" (John Owen).
  En base a lo que hemos visto, podemos percibir lo que la justificación no es. Primero, ella es distinta de la regeneración. "a los que llamó, a éstos también justificó" (Rom. 8:30). Aunque conectados inseparablemente, el llamamiento eficaz o el nuevo nacimiento y la justificación son bastante distintos [el autor está presentando como iguales aquí a dos conceptos distintos como son el llamamiento y la regeneración o el nuevo nacimiento, el llamamiento es la obra de Dios por la cual procura convencer al pecador para que se vuelva a Él (Mat. 20:16) y la regeneración es el nuevo nacimiento, es la creación de una nueva naturaleza por el Espíritu Santo que permanece en el creyente como un sello que no puede removerse desde el día en que él confió en Cristo como su Salvador hasta el día de la redención final (Efesios 1:13, 4:30)]. La una nunca está separada de la otra, aunque ellas no deben ser confundidas. En el orden natural la regeneración precede a la justificación [el llamamiento precede a la justificación pero ésta normalmente es simultánea con la regeneración y se concretan de una vez y para siempre cuando la persona en un punto de su vida creyó en Cristo como su Salvador y queda perfectamente asegurada su vida eterna (Romanos 5:1 y Efesios 1:13) y en algunos casos especiales en los que Dios quiso evidenciar que la salvación provenía de los judíos y de la enseñanza de los apóstoles, la regeneración fue posterior a la justificación (Hechos 8:17, 19:6)], aunque no es de ninguna manera la causa o el fundamento de ella: nadie es justificado hasta que cree, y nadie cree hasta que es convencido [por el Espíritu Santo (Juan 16:8)]. La regeneración es el acto del Padre (Santiago 1:18), la justificación es la sentencia del Juez. Una me da un lugar en la familia de Dios, la otra me asegura una posición delante de Su trono. Una es interior, siendo el impartir de la vida divina a mi alma: la otra es exterior, siendo la imputación de la obediencia de Cristo a mi cuenta. Por una yo soy llevado de regreso arrepentido a la casa del Padre, por la otra se me da la "mejor vestidura" que me prepara para Su presencia [(Lucas 15: 18-22, Gálatas 3:27)].
  Segundo, ella difiere de la santificación. La santificación es moral o experimental, la justificación es legal o judicial. La santificación resulta de la operación del Espíritu en mí, la justificación está basada en lo que Cristo ha hecho por mí. Una es gradual y progresiva, la otra es instantánea e inmutable. Una admite grados, y nunca es perfecta en esta vida; la otra es completa y no admite adición. Una tiene que ver con mi estado, la otra tiene que ver con mi posición delante de Dios. La santificación produce una transformación del carácter, la justificación es un cambio de status [estado] legal: es un cambio desde la culpa y condenación al perdón y aceptación, y esto solamente por un acto de gracia de parte de Dios, fundado sobre la imputación de la justicia de Cristo, por medio del instrumento de la fe solamente. Aunque la justificación está totalmente diferenciada de la santificación, sin embargo la santificación siempre la acompaña.
  Tercero, ella difiere del perdón. En algunas cosas concuerdan. Solamente Dios puede perdonar pecados (Marcos 2:7) y sólo Él puede justificar (Romanos 3:30). Su libre gracia es la única causa impulsora en uno (Efesios 1:7) y de la otra (Romanos 3:24). La sangre de Cristo es la causa que adquiere ambos por igual: Mateo 26:28, Romanos 5:9. Los objetos son los mismos: las personas que son perdonadas son justificadas, y las mismas que son justificadas son perdonadas; a quienes Dios imputa la justicia de Cristo para su justificación Él les da la remisión [o el perdón] de pecados; y a quienes Él no inculpa de pecado, sino que les perdona, a ellos les atribuye justicia sin obras (Romanos 4:6-8). Ambos son recibidos por fe (Hechos 26:18, Romanos 5:1). Pero aunque concuerdan en estas cosas, en otras se diferencian.
  De Dios se dice ser "justificado" (Rom. 3:4), pero sería blasfemo hablar de Él como siendo "perdonado" –esto muestra inmediatamente que las dos cosas son diferentes. Un criminal podría ser perdonado, pero solamente una persona justa puede ser realmente justificada. El perdón trata solamente con los actos de un hombre, la justificación con el hombre en sí. El perdón considera a los pedidos de clemencia, la justificación a los de justicia. El perdón solamente libra de la maldición causada por el pecado; la justificación además de eso otorga un derecho al cielo. La justificación se aplica al creyente con respecto a las demandas de la ley, el perdón con respecto al Autor de la ley. La ley no perdona, ya que ella no admite aflojamiento; sino que Dios perdona las transgresiones de la ley en Su pueblo proveyendo una satisfacción [el pago o la reparación] a la ley adecuada a sus transgresiones. La sangre de Cristo fue suficiente para proporcionar el perdón (Efesios 1:7), pero Su justicia es necesaria para la justificación (Romanos 5:19). El perdón quita las sucias prendas, pero la justificación provee un cambio de vestimentas (Zacarías 3:4). El perdón libera de la muerte (2 Sam. 12:13), pero la justicia imputada es llamada "justificación de vida" (Rom. 5:18). Uno ve al creyente como completamente pecador, la otra como completamente justo. El perdón es la remisión [o absolución] del castigo, la justificación es la declaración de que no existe fundamento para imponer castigo. El perdón puede ser repetido hasta setenta veces siete, la justificación es de una vez para siempre.
  De lo que se ha dicho en el último párrafo, podemos ver que es un serio error limitar la justificación al mero perdón de pecados. Así como la "condenación" no es la ejecución del castigo, sino mas bien la declaración formal de que el acusado es culpable y digno de castigo; así la "justificación" no es meramente la remisión [o absolución] de castigo sino el anuncio judicial de que el castigo no puede ser aplicado con justicia –siendo el acusado plenamente conformado a todos los requerimientos positivos de la ley como resultado de la perfecta obediencia de Cristo que ha sido legalmente puesta en su cuenta. La justificación de un creyente no es otra que su admisión a la participación en la recompensa merecida por su Fiador [Garante]. La justificación es nada más ni nada menos que la justicia de Cristo siendo imputada a nosotros: la bendición negativa que de allí emana es la no inculpación de pecados; la positiva, un derecho a la herencia celestial.
  Bellamente se ha señalado que "No podemos separar de Emanuel Su propia excelencia esencial. Podemos verle herido y dado como incienso molido para el fuego, ¿pero fue alguna vez el incienso quemado sin fragancia, y siendo solamente la fragancia el resultado? El nombre de Cristo no solamente anula el pecado, este provee en el lugar de aquello que fue anulado, su propia excelencia eterna. No podemos sólo tener su poder nulificante; lo otro es el seguro acompañante. Así era con cada sacrificio típico de la Ley. Éste era herido: pero como siendo sin defecto era quemado sobre el altar para un olor fragante. El olor ascendía como un memorial delante de Dios: éste era aceptado por Él, y su valor era atribuido o imputado a quien había traído la víctima substituta. Si por lo tanto, rechazamos la imputación de justicia, rechazamos al sacrificio como es revelado en las Escrituras; ya que las Escrituras no conoce de sacrificio cuya eficacia sea tan agotada en la eliminación de la culpa como para no dejar nada que pueda ser presentado en aceptabilidad delante de Dios" (B.W. Newton).
  "¿Qué es poner nuestra justicia en la obediencia de Cristo, sino sostener que somos considerados justos solamente porque Su obediencia es aceptada por nosotros como si fuera propia nuestra? Por lo cual Ambrosio me parece que ha ejemplificado muy bellamente esta justicia en la bendición de Jacob: así como él, que no tenía por su propia cuenta derecho a los privilegios de la primogenitura, estando disimulado con las costumbres de su hermano, y vestido con sus ropas, que esparcieron un perfume muy excelente, lo llevaron a obtener el favor de su padre, así él pudo recibir la bendición para su propio provecho, bajo el carácter de otro, de ese modo nos resguardamos nosotros bajo la preciosa pureza de Cristo" (Juan Calvino).

3. Su problema

  En este capítulo y en el siguiente nuestro objetivo será cuádruple. Primero demostrar la imposibilidad para cualquier pecador de obtener la aceptación y el favor con Dios sobre la base de su propio desempeño. Segundo, mostrar que la salvación de un pecador presentaba un problema que nada excepto la omnisciencia podía resolver, que solamente la perfecta sabiduría de Dios ha ideado un modo por el cual Él puede declarar justo a un culpable transgresor de Su Ley sin poner en duda Su veracidad, manchando Su santidad, o ignorando las demandas de la justicia; ¡sí!, de un modo tal que Sus perfecciones han sido mostradas y exaltadas, y el Hijo de Su amor glorificado. Tercero, señalar el fundamento único sobre el cual una conciencia despertada puede encontrar una paz sólida y estable. Cuarto, buscar dar a los hijos de Dios una más clara comprensión de las extraordinarias riquezas de la gracia divina, para que sus corazones puedan ser provocados a una ferviente alabanza al Autor de una "salvación tan grande."
  Pero permítaseme señalar para comenzar que, cualquier lector que nunca se ha visto a sí mismo bajo la luz pura de la santidad de Dios, y que nunca ha sentido Su Palabra atravesándole hasta los mismos tuétanos [(Heb. 4:12), hasta lo profundo de su ser], será incapaz de entrar plenamente dentro de la fuerza de lo que vamos a escribir. Sí, seguramente, el que es irregenerado es probable que adopte una crítica decidida a mucho de lo que será dicho, negando que exista alguna dificultad semejante en la cuestión de un Dios misericordioso perdonando a una de Sus criaturas pecadoras. O, si él no contradice hasta ese grado, muy probablemente aún considerará que hemos exagerado groseramente los varios elementos del caso que vamos a plantear, que hemos descripto la condición del pecador en un tono mucho más oscuro del que era razonable. Esto debe ser así, porque él no tiene un compañerismo experimental con Dios, ni es consciente de la terrible plaga de su propio corazón. [Deseamos que el querido lector forme parte de los que humildemente permiten que el Espíritu Santo le convenza, (si todavía no lo ha sido), de estas grandes verdades que Dios nos da por medio de Su Palabra].
  El hombre natural no puede soportar el pensamiento de ser profundamente examinado por Dios. La última cosa que él desea es pasar bajo el ojo que todo lo ve de su Hacedor y Juez, tanto que cada uno de sus pensamientos y deseos, sus más secretas imaginaciones y motivaciones, están expuestas delante de Él. Verdaderamente es la más solemne experiencia cuando somos llevados a sentir con el salmista, "Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme, has entendido desde lejos mis pensamientos. Mi senda y mi acostarme has rodeado, y estás impuesto en todos mis caminos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me guarneciste, y sobre mí pusiste tu mano" (Sal. 139:1-5).
  Sí, querido lector, verdaderamente la última cosa que el hombre natural desea es ser examinado, hasta lo profundo por Dios, y tener su carácter real expuesto a la vista. Pero cuando Dios se empeña en hacer esta mismísima cosa –que Él la hará en la gracia en esta vida, o en el juicio en el Día por venir– no hay escape para nosotros. Entonces podemos bien exclamar, "¿Adónde me iré de tu espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú: Y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aún allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aún la noche resplandecerá tocante a mí" (Sal. 139:7-11). Entonces aseveraremos, "Aún las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día: Lo mismo te son las tinieblas que la luz." (v.12).
  Entonces el alma es despertada a una comprensión de quien es Aquél con el que tiene que vérselas. Entonces es cuando él ahora percibe algo de las altas demandas de Dios sobre él, los justos requerimientos de Su Ley, las demandas de su santidad. Entonces es que él entiende cuan completamente ha fallado en considerar aquellas demandas, cuan horrendamente ha descuidado aquella ley, cuan miserablemente falla en satisfacer aquellas demandas. Ahora percibe que ha sido un "rebelde desde el vientre" (Isa. 48:8), así es que lejos de haber vivido para glorificar a Su Hacedor, no hizo nada más que seguir la corriente de este mundo y satisfacer los deseos de la carne. Ahora cae en la cuenta de que "no hay en él cosa ilesa" sino que, desde la planta del pie hasta la cabeza, hay "herida, hinchazón y podrida llaga" (Isa. 1:6). Ahora él es llevado a entender que todas sus justicias son como "trapo de inmundicia" (Isa. 64:6).
  "Es fácil para cualquiera en los claustros de las escuelas entregarse a especulaciones ociosas sobre el mérito de las obras para justificar a los hombres; pero cuando él llega a la presencia de Dios, debe decir adiós a estos pasatiempos porque allí el asunto es llevado a cabo con seriedad, y no son practicadas ridículas contiendas de palabras. En este punto, entonces, nuestra atención debe ser dirigida, si deseamos hacer alguna búsqueda provechosa relacionada con la verdadera justicia; a como podemos responder al Juez celestial, cuando Él nos llame a dar cuentas. Pongamos a aquel Juez delante de nuestros ojos, no de acuerdo a las imaginaciones espontáneas de nuestras mentes, sino de acuerdo a las descripciones que son dadas de Él en las Escrituras; que lo representa como a uno cuyo resplandor oscurece a las estrellas, cuyo poder derrite las montañas, cuya ira hace temblar la tierra, cuya sabiduría atrapa a los astutos en su propia astucia, cuya pureza hace parecer todas las cosas impuras, cuya justicia incluso los ángeles son incapaces de soportar, quien no perdona al culpable, cuya retribución, una vez encendida, penetra aún los abismos del infierno" (Juan Calvino).
  Ah, mi lector, verdaderamente son tremendos los efectos producidos en el alma cuando uno es realmente llevado delante de la presencia de Dios, y le es dada una visión de Su imponente majestad. Mientras nos medimos por nuestros semejantes, es fácil llegar a la conclusión de que no hay mucho mal en nosotros; pero cuando nos acercamos al temible tribunal de santidad inefable, nos formamos una estimación totalmente diferente de nuestro carácter y conducta. Mientras estamos ocupados con objetos terrenales nos podemos enorgullecer en la fuerza de nuestra capacidad de visión, pero fijando la mirada en el sol del mediodía y bajo su deslumbrante resplandor la debilidad del ojo será inmediatamente evidenciada. De manera semejante, mientras me comparo a mí mismo con otros pecadores solo puedo formarme una incorrecta estima de mí, pero si calibro mi vida con la plomada de la Ley de Dios, y hago así a la luz de Su santidad, debo "aborrecerme, y arrepentirme en polvo y en ceniza" (Job 42:6).
  Pero el pecado no solamente ha corrompido al ser del hombre, éste ha cambiado su relación con Dios: éste lo ha hecho "ajeno" [de Dios] (Ef. 4:18), y lo ha llevado bajo Su justa condenación. El hombre ha quebrantado la Ley de Dios en pensamiento, palabra y acción, no una vez, sino veces sin número. Él es declarado por el tribunal divino como un infractor incorregible, un rebelde culpable. Él está bajo la maldición de su Hacedor. La ley demanda que su castigo sea infligido sobre él; la justicia clama para ser reparada. El estado del pecador es deplorable, entonces, hasta el último grado. Cuando esto es dolorosamente sentido por la conciencia culpable, su agonizante poseedor exclama, "¿Cómo pues se justificará el hombre con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?" (Job 25:4). ¡Ciertamente, cómo! Déjenos ahora considerar los diferentes elementos que intervienen en este problema.
  1. Las demandas de la Ley de Dios. "Cada cuestión por lo tanto, con respecto a la justificación, necesariamente nos lleva delante de los tribunales judiciales de Dios. Los principios de aquellas cortes deben ser definidos solamente por Dios. Incluso a los gobernantes terrenales les concedemos el derecho de establecer sus propias leyes, y de fijar el modo de su ejecución. ¿Otorgaremos esta facultad al hombre, y se la negaremos al Dios omnisciente y todopoderoso? Seguramente ninguna osadía puede ser mayor a que la criatura asuma el derecho de juzgar al Creador, y pretenda determinar cuales deberían, o no deberían ser, los métodos de Su gobierno. Nuestro lugar debe ser el de escuchar respetuosamente Su propia exposición de los principios de Su propio tribunal, y humildemente agradecerle por Su bondad en acceder a explicarnos cuales son aquellos principios. Como pecadores, no podemos tener reclamos sobre Dios. Nosotros debemos reclamar una revelación que nos dé a conocer Sus caminos.
  "Los principios judiciales del gobierno de Dios, están, como podría ser esperado, basados sobre la absoluta perfección de Su propia santidad. Esto fue completamente evidenciado en los mandamientos de la ley como fue dada en el Sinaí tanto en los que prohiben algo como en los que exigen algo. La ley prohibió no sólo las malas acciones y los malos designios del corazón, sino que fue aún más profundamente. Ella prohibió aún los malos deseos y la malas inclinaciones, diciendo 'no codiciarás' –es decir, tú no tendrás, ni aún momentáneamente, un deseo o tendencia que sea contrario a la perfección de Dios. Y por lo tanto, así como en sus requerimientos positivos, ella demandó la perfecta, incondicional y permanente rendición de alma y cuerpo, con todas sus fuerzas, a Dios y a Su servicio. No sólo fue requerido, que el amor a Él –amor perfecto e incesante– debería morar como un principio viviente en el corazón, sino que también debería ser desarrollado en la acción, y esto sin variaciones. Además fue requerido que el modo durante todo el proceso, fuera tan perfecto como el principio desde el cual el proceso emanó.
  "Si alguno entre los hijos de los hombres es capaz de materializar una pretensión de perfección tal como ésta, las Cortes de Dios están prontas a reconocerla. El Dios de la Verdad reconocerá una pretensión veraz dondequiera se encuentre. Pero si somos incapaces de presentar una pretensión semejante –si la corrupción es encontrada en nosotros y en nuestros caminos– si en alguna cosa no alcanzamos la gloria de Dios, entonces es evidente que aunque las Cortes de Dios puedan estar gustosamente dispuestas en reconocer a la perfección donde sea que ella exista, tal disposición no puede servir de base para la esperanza de aquellos, quienes, en lugar de tener la perfección, tienen pecados e imperfecciones sin número" (B.W. Newton).
  2. La acusación presentada contra nosotros. "Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y engrandecílos, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, tornáronse atrás" (Isa. 1:2-4). El eterno Dios nos culpa de haber quebrantado todos Sus mandamientos –algunos por obra, todos ellos en el pensamiento y con la imaginación.
  La gravedad de esta acusación es aumentada por el hecho de que contra la luz y el conocimiento elegimos la maldad y nos alejamos del bien: de tal manera que una y otra vez deliberadamente nos desviamos de la justa Ley de Dios, y fuimos descarriados como ovejas extraviadas, siguiendo los malos deseos y las inclinaciones de nuestros propios corazones. Más arriba, encontramos a Dios reclamando que puesto que nosotros somos sus criaturas, deberíamos haberle obedecido, ya que como debemos nuestras mismas vidas a Su diario cuidado nosotros deberíamos haberle rendido nuestra fidelidad en lugar de desobediencia, y deberíamos haber sido Sus leales súbditos en vez de ser traidores a su reino. No se nos puede acusar de exagerar sobre el pecado, sino que se expresó una afirmación de la realidad que nos es imposible de contradecir. Somos desagradecidas, rebeldes e impías criaturas. ¿Quién tendría un caballo que rehusa trabajar? ¿Quién poseería un perro que nos ladra y nos ataca? Sin embargo nosotros hemos quebrantado los días de descanso de Dios [a diferencia del autor sostenemos que los días de reposo no son más exigidos por Dios a partir del Nuevo Testamento, ya que ellos eran sólo figura de la realidad plena que se cumplen con los creyentes que entran en el reposo por medio de Cristo (Heb. 4:6-10, Rom. 14:5,6, Gál. 4:9,10, Col. 2:16,17)], despreciado Sus reprensiones, abusado de su misericordia.
  3. La sentencia de la ley. Es claramente proclamado en las declaraciones divinas, "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas" (Gál. 3:10). Quienquiera que viole un solo precepto de la Ley divina se expone a sí mismo a la desaprobación de Dios, y al castigo como la expresión de esa desaprobación. No se hace excusa por la ignorancia, ni se hace distinción entre personas, ni es permitida una disminución de su severidad: "El alma que pecare morirá" es el pronunciamiento inexorable. No se hace excepción si el transgresor es joven o viejo, rico o pobre, judío o gentil: "la paga del pecado es muerte"; porque "la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres" (Rom. 1:18).
  4. El Juez mismo es inflexiblemente justo. En la elevada corte de la justicia divina, Dios toma la ley en sus más estrictos y rigurosos aspectos, y juzga rígidamente de acuerdo a la letra. "Mas sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que hacen tales cosas... el cual pagará a cada uno conforme a sus obras" (Rom. 2:2, 6). Dios es inexorablemente justo, y no mostrará parcialidad alguna ni hacia la ley ni hacia su transgresor. El Altísimo ha determinado que Su Santa Ley será fielmente sostenida y sus castigos estrictamente ejecutados.
  ¿A qué se asemejaría este país si todos sus jueces dejaran de sostener y de hacer cumplir las leyes de la nación? ¿Qué condiciones predominarían si una misericordia sentimental reinara a expensas de la justicia? Ahora bien, Dios es el Juez de toda la tierra y el gobernador moral del universo. Las Sagradas Escrituras proclaman que "justicia y juicio," y no compasión y clemencia, son el "cimiento" de Su "trono" (Sal. 89:14). Los atributos de Dios no se oponen unos a otros. Su misericordia no anula Su justicia, ni Su gracia jamás es exhibida a expensas de la justicia. A cada una de Sus perfecciones le es dada libre curso. Para Dios dar a un pecador entrada al cielo simplemente porque Él lo amaba, sería como un juez que alberga en su propia casa a un preso condenado que se fugó simplemente porque se compadeció de él. Las Escrituras declaran enfáticamente que Dios, "de ningún modo justificará al malvado" (Éxo. 34:7).
  5. El pecador es incuestionablemente culpable. No es que él solamente tiene debilidades o que no es tan bueno como debería ser: él ha desafiado la autoridad de Dios, violado Sus mandamientos, pisoteado sus leyes. Y esto es verdad no sólo para una cierta clase de pecadores, sino que "todo el mundo" es "culpable delante de Dios" (Rom. 3:19). "No hay justo, ni aún uno: Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aún uno" (Rom. 3:10,12). Es imposible para todo hombre librarse a sí mismo de esta terrible carga. Él no puede probar que los crímenes de los que es acusado no han sido cometidos, ni que habiendo sido cometidos, tenía derecho a hacerlos. Él tampoco puede desmentir los cargos que la ley presentó en su contra, ni justificarse por haberlos ejecutados.
  Aquí entonces es como el caso permanece. La ley demanda un personal, perfecto, y perpetuo amoldamiento a sus preceptos, en corazón y obras, en motivación y realización. Dios acusa a cada uno de nosotros de haber fallado en cumplir aquellas justas demandas, y declara que hemos violado Sus mandatos en pensamientos en palabras y en obras. La ley por lo tanto pronuncia sobre nosotros una sentencia de condenación, nos maldice, y demanda la ejecución del castigo, que es muerte. Aquél delante de cuyo tribunal permanecemos es omnisciente, y no puede ser engañado o burlado; Él es inflexiblemente justo, y no es influido por consideraciones sentimentales. Nosotros, los acusados, somos culpables, incapaces de refutar las acusaciones de la ley, incapaces de reivindicar nuestra conducta pecaminosa, incapaces de ofrecer algún pago o compensación por nuestros crímenes. Verdaderamente, nuestro caso es desesperado hasta el último grado.
  Aquí, entonces, está el problema. ¿Cómo puede Dios justificar al transgresor intencional de Su Ley sin justificar sus pecados? ¿Cómo puede Dios librarle de la penalidad de Su Ley quebrantada sin comprometer Su santidad y sin cambiar Sus palabras de que Él "de ningún modo justificará al malvado"? ¿Cómo puede ser dada la vida al delincuente culpable sin anular la sentencia "el alma que pecare, esa morirá"? ¿Cómo puede ser mostrada misericordia al pecador sin que la justicia sea burlada? Este es un problema que desde siempre debe haber confundido a toda inteligencia limitada. A pesar de todo, bendito sea Su nombre, Dios, en Su sabiduría perfecta, ha diseñado un modo por el cual el "primero de los pecadores" puede ser tratado por Él como si fuera perfectamente inocente; aún más, Él lo declara justo, de acuerdo al nivel requerido por la ley, y con derecho a la recompensa de la vida eterna. Como será visto en el capítulo siguiente.

4. Su fundamento

  En nuestro último capítulo contemplamos el problema que es presentado en la justificación o en pronunciar justo a uno que es un evidente violador de la Ley de Dios. Algunos pudieron haberse sorprendido por la utilización de un término como "problema": así como hay muchos entre las filas de los impíos que creen que el mundo les debe dar un mantenimiento, así hay no pocos fariseos dentro del cristianismo que suponen que es debido que tras morir su Creador debería llevarles al cielo. Pero es muy diferente con uno que ha sido alumbrado y convencido por el Espíritu Santo, de modo que él se ve a sí mismo como un inmundo miserable, un vil rebelde contra Dios. Uno tal, viendo que la palabra de Dios tan llanamente declara "no entrará en ella [la Jerusalén celestial, el cielo] ninguna cosa inmunda, o que hace abominación" (Apoc. 21:27), se preguntará: ¿Cómo es posible que yo pueda de alguna forma lograr ser admitido en la Jerusalén celestial? ¿Cómo puede ser que uno tan completamente desprovisto de justicia como yo, y tan lleno de injusticia, sea alguna vez declarado justo por un Dios santo?
  Varios intentos para resolver este problema han sido hechos por mentes incrédulas. Algunos han razonado que si ellos ahora dan vuelta la página, reforman profundamente sus vidas y de ahora en adelante caminan en obediencia a la Ley de Dios, ellos serán aprobados delante del Tribunal Divino. Este esquema, reducido a simples términos, es salvación por nuestras propias obras. Pero un esquema tal es absolutamente insostenible, y la salvación por tales medios es absolutamente imposible. Las obras de un pecador reformado no pueden ser la causa meritoria o eficaz de su salvación, y esto por las siguientes razones. Primero, no se hace una provisión para sus fallas anteriores. Supongamos que de ahora en más yo jamás vuelva a transgredir la Ley de Dios, ¿Qué tengo para pagar por mis pecados pasados? Segundo, una criatura caída y pecadora no puede producir lo que es perfecto, y nada imperfecto es aceptable para Dios. Tercero, si fuera posible para nosotros ser salvados por nuestras propias obras, entonces los sufrimientos y la muerte de Cristo fueron innecesarios. Cuarto, la salvación por nuestros propios méritos eclipsaría enteramente la gloria de la gracia divina.
  Otros suponen que este problema puede ser resuelto por una apelación a la misericordia de Dios aislada. Pero la misericordia no es un atributo que eclipse a todas la otras perfecciones divinas: la justicia, la verdad y la santidad también actúan en la salvación del escogido de Dios. La ley no es dejada a un lado, sino que es honrada y magnificada. La verdad de Dios en sus solemnes advertencias no es enlodada, sino fielmente mantenida. La justicia divina no es despreciada, sino reivindicada. Ninguna de las perfecciones de Dios es ejercida en perjuicio de alguna de las otras, sino que todas ellas brillan con igual claridad en el plan que la sabiduría divina diseñó. La misericordia a expensas de una justicia pisoteada no se cuadra con el gobierno divino; y la justicia impuesta por la exclusión de la misericordia no es propio del carácter de Dios. El problema que la inteligencia infinita pudo resolver era como ambas podrían ser ejercidas en la salvación del pecador.
  Un impresionante ejemplo de misericordia ineficaz ante las demandas de la ley ocurre en Daniel 6. Allí encontramos que Darío, el rey de Babilonia, fue impulsado por sus nobles a firmar un decreto por el que cualquier sujeto dentro de su reino que orase, o "que demandare petición de cualquier dios u hombre en el espacio de treinta días" excepto al rey mismo, debería ser echado al foso de los leones. Daniel conociendo esto, así y todo, continuó orando a Dios como hasta entonces. Con lo cual los nobles informaron a Darío acerca de su violación del edicto real, que "conforme a la ley de los medos y persas no puede ser cambiado," y exigía su castigo. Pero Daniel era tenido en alta estima por el rey, y éste deseaba grandemente mostrarle clemencia , así "resolvió librar a Daniel; y hasta la puesta del sol él se esforzó por librarlo." Pero él no halló escape a esta dificultad: la ley debe ser honrada, así Daniel fue arrojado al foso de los leones.
  Un ejemplo igualmente impresionante de la ineficacia de la ley en presencia de la misericordia es encontrado en Juan 8. Allí leemos de una mujer sorprendida en el acto de adulterio. Los escribas y fariseos la aprehendieron y la llevaron delante de Cristo, acusándola del delito, y recordando al Salvador que "en la ley Moisés nos mandó apedrear a las tales." Ella era incuestionablemente culpable, y sus acusadores estaban decididos a que la penalidad de la ley sería ejecutada sobre ella. El Señor se volvió a ellos y les dijo, "El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero"; y ellos, siendo convencidos por su propia conciencia, salían uno a uno, dejando a la adúltera sola con Cristo. Volviéndose a ella, Él le preguntó, "¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?" Ella contestó, "Señor, ninguno", y Él dijo, "Ni yo te condeno: vete, y no peques más."
  Los dos principios opuestos son vistos funcionando conjuntamente en Lucas 15. El "Padre" no podía tener a su hijo (pródigo) sentado a Su mesa vestido con los harapos que traía de un país lejano, pero Él podía salir y encontrarle con aquellos harapos: Él podía echarse sobre su cuello y besarle aún con aquellos harapos –fue felizmente característico de Su gracia el hacer así; pero sentarle a su mesa con las vestimentas propias del comedero de cerdos no sería apropiado. Pero la gracia que llevó al Padre hasta el pródigo "reinó" por aquella justicia que trajo al pródigo hasta la casa del Padre. No hubiera sido de la "gracia" que el Padre esperara hasta que el pródigo se ataviara con vestimentas apropiadas de su propia provisión [del pródigo]; ni habría sido de la "justicia" llevarle a Su mesa en sus harapos. Ambas, la gracia y la justicia brillaron con sus respectivas bellezas cuando el Padre dijo "sacad el mejor ropaje, y vestidle."
  Es a través de Cristo y Su expiación [o pago] que la justicia y la misericordia de Dios, Su rectitud y Su gracia, se encuentran en la justificación de un pecador creyente. En Cristo es encontrada la solución a cada problema que el pecado ha causado. En la Cruz de Cristo todos los atributos de Dios brillan en su máximo esplendor. En la reparación que el Redentor ofreció a Dios cada demanda de la ley, ya sea de mandatos o de castigo, ha sido totalmente cumplida. Dios ha sido infinitamente más honrado por la obediencia del último Adán [Cristo] que lo que fue deshonrado por la desobediencia del primer Adán. La justicia de Dios fue infinitamente más engrandecida cuando su terrible espada golpeó a Hijo amado, que lo que sería por cada miembro de la raza humana quemado por los siglos de los siglos en el lago de fuego. Hay infinitamente más eficacia en la sangre de Cristo para limpiar, que la que hay en el pecado para contaminar. Hay infinitamente más mérito en una perfecta justicia de Cristo que la cantidad de demérito en la injusticia sumada de todos los impíos. Bien podemos exclamar, "Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gál. 6:14).
  Pero mientras muchos concuerdan en que el sacrificio expiatorio, [en pago por los pecados], de Cristo es la causa meritoria de la salvación de Su pueblo, actualmente hay verdaderamente pocos que pueden dar alguna clara escritural explicación del medio y la manera por los cuales la obra de Cristo asegura la justificación de todos los que creen. Por ello la necesidad de una clara y completa expresión sobre esto. Las ideas nebulosas sobre este punto son tanto deshonrosas para Dios como perturbadoras de nuestra paz. Es de primera importancia que el cristiano obtenga un claro entendimiento del fundamento sobre el cual Dios perdona sus pecados y le concede un derecho a la herencia celestial. Quizás esto podría ser mejor expuesto por medio de tres palabras: sustitución, identificación e imputación. Como su Fiador y Garante, Cristo entró al lugar ocupado por Su pueblo bajo la ley, así identificándose con ellos para ser su Cabeza y Representante, y como tal Él asumió y los liberó de todas sus obligaciones legales: siendo transferidas sus deudas a Él, Sus méritos siendo transferidos a ellos.
  El Señor Jesús ha logrado para Su pueblo una perfecta justicia por obedecer la ley en pensamiento, palabra y obras, y esta justicia es imputada a ellos, puesta en su cuenta. El Señor Jesús ha sufrido las penalidades de la ley en lugar de ellos, y a través de Su muerte expiatoria ellos se han limpiado de toda culpa. Como criaturas ellos estaban bajo obligaciones de obedecer la Ley de Dios; como criminales (transgresores) ellos estaban bajo la sentencia de muerte de la ley. Por lo tanto, para cumplir nuestras obligaciones y pagar nuestras deudas fue necesario que nuestro Sustituto obedeciera y muriera. El derramamiento de la sangre de Cristo borró nuestros pecados, pero esto, por sí solo, no nos provee la "mejor vestidura". Silenciar las acusaciones de la ley contra nosotros de modo que ahora "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" es simplemente una bendición negativa: algo más era requerido, a saber, una justicia positiva, la conformidad a la ley, para que pudiéramos tener derecho a su bendición y a su premio.
  En tiempos del Antiguo Testamento el nombre bajo el cual fue predicho el Mesías y Mediador es, "JEHOVA, JUSTICIA NUESTRA" (Jer. 23:6). Daniel predijo explícitamente que Él vendría aquí para "terminar con la transgresión, para acabar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer la justicia eterna" (9:24). Isaías anunció "Y diráse de mí: Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza: a Él vendrán, y todos los que contra Él se enardecen, serán avergonzados. En Jehová será justificada y se gloriará toda la generación de Israel" (45:24, 25). Y de nuevo, él representa a los redimidos exclamando, "En gran manera me gozará Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió de vestiduras de salvación, rodeóme de manto de justicia" (Isa. 61:10).
  En Romanos 4:6-8 leemos, "Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó pecado." Aquí se nos muestra la inseparabilidad de dos cosas: Dios imputando "justicia" y Dios no imputando "pecados." Las dos nunca son divididas: a quien Dios no imputa pecado Él imputa justicia; y a quien Él imputa justicia, Él no imputa pecado. Pero el punto específico por el que estamos más preocupados que el lector llegue a entender es, ¿La "justicia" de Quién es la que Dios imputa o pone en la cuenta de aquel que cree? La respuesta es, aquella justicia que fue forjada por nuestro Fiador, aquella obediencia a la ley que fue cumplida de forma vicaria [en nuestro lugar] por nuestro Garante, es decir "la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo" (2 Pedro 1:1). Esta justicia no es solo "para todos" sino también "sobre todos los que creen" (Rom. 3:22). Ésta es llamada "la justicia de Dios" porque fue la justicia del Dios-hombre Mediador, así como en Hechos 20:28 Su sangre es llamada la sangre de Dios.
  La "justicia de Dios" que es mencionada tan frecuentemente en la Epístola a los Romanos no se refiere a la justicia esencial del carácter divino, porque ella no es posible que pueda ser imputada o transferida legalmente a ninguna criatura. Cuando se dice en 10:3 que los judíos "ignoraron la justicia de Dios" sin dudas no significa que ellos estaban a oscuras en cuanto a la rectitud divina o que ellos nada conocían acerca de la justicia de Dios; sino que esto significa que ellos eran ignorantes acerca de la justicia que el Dios-hombre Mediador ha traído en forma vicaria [en representación] para Su pueblo. Esto es abundantemente claro por el resto de ese versículo: "y procurando establecer su propia justicia" –no una rectitud o justicia propia de ellos, sino haciendo obras por las cuales ellos esperaban merecer aceptación ante Dios. Tan firmemente se aferraron a esta ilusión, que ellos "no se sujetaron a la justicia de Dios": es decir, ellos rehusaron abandonar su justicia propia y poner su confianza en la obediencia y los sufrimientos del Hijo de Dios encarnado.
  "Explicaré lo que queremos significar por la imputación de la justicia de Cristo. A veces la expresión es tomada por nuestros teólogos en un sentido más amplio, por la imputación de todo lo que Cristo hizo y sufrió por nuestra redención con lo cual somos libres de culpa, y permanecemos justos ante los ojos de Dios; y así la imputación implica tanto la satisfacción [la reparación o el pago] como la obediencia de Cristo. Pero aquí yo la uso en un sentido más estricto, como la imputación de aquella justicia o virtud moral que consiste en la obediencia de Cristo. Y por esa obediencia imputada a nosotros, se quiere decir no otra cosa que esto, que esa justicia de Cristo es aceptada para nosotros, y admitida en lugar de aquella perfecta justicia interior que debería estar en nosotros mismos: la perfecta obediencia de Cristo será puesta a nuestra cuenta, así que tendremos los beneficios de ella, como si nosotros mismos la hubiéramos realizado: y así asumimos, que se nos es dado un derecho a la vida eterna como la recompensa de esta justicia" (Jonathan Edwards).
  El pasaje que irradia la más clara luz sobre aquel aspecto de la justificación que ahora estamos considerando es 2 Corintios 5:21, "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él." Aquí tenemos las contra imputaciones: de nuestros pecados a Cristo, de Su justicia a nosotros. Como la enseñanza de este versículo es de tan vital importancia permítanos empeñarnos en considerar sus términos lo más detenidamente. ¿Cómo fue Cristo "hecho por nosotros pecado"? Por la imputación que Dios hizo sobre Él de nuestra desobediencia, o de nuestras transgresiones a la ley; de igual manera, nosotros somos hechos "justicia de Dios en Él" (en Cristo, no en nosotros mismos) por la imputación que Dios nos hace de la obediencia de Cristo, de Su cumplimiento a los preceptos de la ley por nosotros.
  Como Cristo "no conoció pecado" ni por impureza interior ni por cometerlo personalmente, así nosotros no "conocimos" o tuvimos justicia propia ni por conformidad interior a la ley, ni por obediencia personal a ella. Como Cristo fue "hecho pecado" por haber sido nuestros pecados puestos a Su cuenta o cargados sobre Él en un modo judicial, y como no fue por una conducta criminal de Sí mismo que Él fue "hecho pecado," así no es por alguna actividad piadosa de nosotros mismos que llegamos a ser "justos": Cristo no fue "hecho pecado" por la infusión de maldad, ni nosotros somos "hechos justos" por la infusión de santidad. Aunque personalmente santo, nuestro Garante, entrando a nuestro lugar legal, se entregó a sí mismo de oficio sujeto a la ira de Dios; y así aunque personalmente malvados, somos, a causa de nuestra identificación legal con Cristo, con derecho al favor de Dios. Como la consecuencia de que Cristo fue "hecho pecado por nosotros" fue, que "Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6), así la consecuencia de que la obediencia de Cristo fue puesta a nuestra cuenta es que Dios atribuye justicia "sobre todos los que creen" (Rom. 3:22). Como nuestros pecados fueron el fundamento judicial de los sufrimientos de Cristo, sufrimientos por los cuales Él satisfizo a la Justicia; así la justicia de Cristo es el fundamento judicial de nuestra aceptación con Dios, por lo que nuestro perdón es un acto de Justicia.
  Nótese cuidadosamente que en 2 Corintios 5:21 es Dios quien "hizo" o estableció legalmente a Cristo para que fuera "pecado por nosotros," aunque como Hebreos 10:7 muestra, el Hijo gustosamente accedió a esto. "Él fue hecho pecado por imputación: los pecados de todo Su pueblo fueron transferidos a Él, cargados sobre Él, y puestos a Su cuenta y teniéndolos sobre sí, Él fue tratado por la justicia de Dios como si Él hubiera sido no solamente un pecador, sino una masa de pecado: porque ser hecho pecado es una expresión más fuerte que ser un pecador" (John Gill). "Para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en Él" significa ser legalmente constituidos justos delante de Dios –justificados. "Esta es una justicia 'en Él,' en Cristo, y no en nosotros mismos, y por lo tanto debemos dar a entender la justicia de Cristo: así llamada, porque es forjada por Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, el verdadero Dios, y la vida eterna" (de la obra recién citada).
  El mismo intercambio que ha estado ante nosotros en 2 Corintios 5:21 es encontrado de nuevo en Gálatas 3:13, 14, "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición; (porque está escrito: Maldito cualquiera que es colgado en madero:) Para que la bendición de Abraham fuese sobre los Gentiles en Cristo Jesús." Como el Fiador de Su pueblo, Cristo fue "hecho súbdito a la ley" (Gál. 4:4), ubicado en la posición judicial y en lugar de ellos, y teniendo todos sus pecados imputados a Él, y la ley encontrándolos todos sobre Él, lo condenó a Él por ellos; y así la justicia de Dios lo entregó a la infame muerte de la cruz. El propósito, así como la consecuencia, de esto fue "que la bendición de Abraham fuese sobre los Gentiles": la "bendición de Abraham" (como muestra Rom. 4) fue la justificación por la fe a través de la justicia de Cristo.
  "Por una Vida que no viví,
Por una Muerte que no morí;
La muerte de otro, la vida de otro
Descansará mi alma eternamente."
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      PARTE II (en otra hoja)
o 5. Su naturaleza
o 6. Su fuente
o 7. Su objeto
o 8. Su instrumento
o 9. Su evidencia
o 10. Sus resultados